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P. Manuel Montero, SJ

MONTERO
El P. Manuel Montero SJ falleció el 7 de marzo del 2010 en la Enfermería de Fátima, luego de un largo proceso de cáncer. Agradecemos al Señor el ejemplo de su vida de jesuita, desarrollada sobre todo en el Cusco, donde era tan querido. Y pedimos que desde la plenitud de la vida en Jesús Resucitado interceda por nuestro país y nuestra Provincia.

El P. Montero había cumplido 82 años en diciembre, había entrado a la Compañía en setiembre de 1945, y fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1960.

De una carta del P. Alejandro Repullés, SJ:

Es curioso que al pensar en él lo primero que se me viene a la mente no es la imagen que tienen la mayoría de los cusqueños y quizá muchos jesuítas, del sacerdote serio con su sotana, su boina y su abrigo por las calles del Cusco o sentado en su confesonario o dictando clases a los seminaristas, sino la de Montero joven representando papeles cómicos en las comedias de Navidad en el juniorado y en filosofía o haciéndose pasar por el Ministro de la casa frente a los jóvenes de la provincia de Andalucía, que venían a estudiar filosofía a Madrid. Hombre de buen humor y fina ironía, que nos hacía pasar muy buenos ratos a todos, hombre al mismo tiempo de lo mas edificante, como decìamos entonces y muy buen estudiante y predicador.

Nació en el centro de Madrid en diciembre de 1927 y siempre fue un madrileño castizo, lo mismo que su padre D. Antonio. Ya en el año 36 ingresó a la Congregación Mariana de la Inmaculada y S. Estanislao de Kostka donde se preparó para hacer la Primera Comunión. Sufrió la persecución durante la guerra civil durante la cual su padre fue detenido.

Después de la guerra continuó en la Congregación, bajo la dirección del P. Joaquín Muzquiz y estudiando con los Hermanos Maristas de Chamberí. Al terminar su secundaria y dar el Examen de ingreso a la universidad, ingesó al noviciado de Aranjuez, siendo provincial el P. Ridruejo y Maestro de Novicios el P. Gómez Martinho. Allí estuvo los dos años de noviciado y cuatro de juniorado como era costumbre entonces. Era un buen actor cómico y hasta buen jugador de voley.

La filosofía la hizo en Chamartín y al terminarla en el 1954 fue destinado al Perú por el P. Olleros para que diera clase a los novicios y juniores de Miraflores. Allí hizo los tres años de magisterio viviendo casi ya como un padre grave. Solo venía con los otros maestrillos a pasar las vacaciones mayores en Betania y juntos pasábamos también las menores en Miraflores.

La teología la hizo como casi todos en Granada, donde estuvo muy delicado con la TBC, razón por la cual el P. Mac Gregor, primer viceprovincial de la flamante Vice-Provincia independiente del Perú lo destinó al Cusco, después de hacer la tercera probación en Gandía y tener una buena experiencia entre los leprosos de Fontilles.

Llegó al Cusco a mediados de 1963 y se incorporó a la comunidad de jesuítas, que por encargo del Arzobispo Mons. Carlos María Jurgens, tenía la dirección del Seminario y la parroquia del Sagrario, llegando a ser en aquella época una comunidad de 9 sacerdotes, tres hermanos y dos maestrillos. Desde su llegada comenzo a dar clases a los teólogos y a ser ministro de la casa y ecónomo del seminario.

Esto marcó definitivamente su vida, pues ya no se movió del Cusco hasta que por razones serias de salud fue trasladado a la enfermería de Miraflores, donde había comenzado su apostolado en el Perú.

Su vida en el Cusco se puede resumir en pocas palabras pero que llenan toda una vida de 47 años de apostolado incansable.

Su principal actividad ha sido la formación de los futuros sacerdotes, pues mientras funcionó el Seminario siempre fue profesor y director espiritual de muchos seminaristas, tanto mientras lo dirigíamos los jesuítas como después cuando lo reabrió Mons. Mendoza bajo la dirección de los diocesanos.

Junto con la formación de los sacerdotes dedicó gran parte de su actividad apostólica a formar familias cristianas en el Movimiento Familiar Cristiano, que heredó del P. Cánovas del Castillo y al que dedicó gran parte de su apostolado.

Durante todos sus años en el Cusco fue profesor de religión en el colegio de Santa Ana y también en algunas épocas de la Normal de Santa Rosa. Son inumerables las niñas y señoritas que él formó y después preparó para el matrimonio.

En las épocas difíciles y de verdadera hambre en el Perú, al comienzo del gobierno de Fujimori, no dudó en abrir un comedor infantil parroquial para dar de comer a 300 niños con la ayuda de las MM. Ursulinas y que todavía sigue funcionando sin que nadie sepa de donde ha conseguido tanta plata.

Como párrroco que fue tantos años de la Parroquia del Sagrario, es imposible saber cuantos habrán sido los bautizos realizados por él, pero ciertamente muchos miles y muchas más las confesiones escuchadas y las comuniones repartidas y el Sacramento de los enfermos administrado a tantos en peligro de muerte, pues jamás se negó a asistir a un enfermo grave fuera la hora que fuera. Lo mismo podríamos decir de los matrimonios preparado y bendecidos por él.

Pero sobre todo la gran labor realizada por Montero en el Cusco ha sido la cercanía a todos y su inserción en la vida cusqueña. Nadie puede saber los consejos dados a todos los que se acrercaban a él, bien en el confesonario o en su despacho del Triunfo.

Cuánto jóvenes encontraron su rumbo en la vida.
Cuántos matrimonios solucionaron sus problemas.
Cuántas personas encontraron consuelo y fuerza para seguir adelante.
Nadie lo sabe. Solamente ellos.

Esta fue la vida de Montero:
Un jesuíta feliz de serlo entre sus hermanos.
Un sacerdote dedicado al servicio de las almas.
Un hombre que supo vivir las alegrías y las tristezas de sus hermanos.
Un buen sacerdote, hijo de Dios al servicio de sus hermanos.

(En la imagen, sentado a la derecha)

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