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P. Felipe Mac Gregor, SJ

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Entre los sacerdotes empeñados en la tarea educativa en el Perú destaca nítidamente -en la segunda mitad del siglo XX- el padre Felipe Estanislao MacGregor Rolino SJ. Maestro universitario en el campo de la Filosofía, Rector del Colegio de la Inmaculada y -por largos años- de la Pontificia Universidad Católica del Perú, el padre MacGregor se señaló por su espíritu de trabajo, la claridad de ideas, el sentido de responsabilidad y de generoso servicio en la formación de una sociedad más noble y justa.

Nació en el Callao el 20 de setiembre de 1914. Fue alumno del colegio Saint Joseph’s (Maristas del Callao) y de los planteles de Vicentinos y Jesuitas. El 26 de marzo de 1931 ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Córdoba (Argentina). Hizo los estudios de Filosofía y Teología en San Miguel (Argentina), con un paréntesis de enseñanza escolar en los colegios jesuitas de San Calixto de La Paz (Bolivia) y la Inmaculada de Lima.

Ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1944 en Buenos Aires, hizo la Tercera Probación en Salamanca y volvió a la patria para ejercer la tarea docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Por varios años dictó los cursos de Lógica y de Ética en la Facultad de Letras. Simultáneamente daba también cursos de Matemáticas a los alumnos mayores del colegio de la Inmaculada.

Durante varios veranos acudió a la universidad de Fordham (N. Y.) para obtener el grado de doctor en Filosofía con una tesis sobre la Filosofía de la religión en las obras de Augusto Sabatier.

En el año 1963 fue elegido Rector de la Universidad Católica luego del período rectora! de Mons. Fidel Tubino Mongilardi. Durante su gestión, se hizo realidad la construcción de la Ciudad Universitaria en el fundo Pando, cuando la Universidad empezó a disponer plenamente de la herencia de José de la Riva Agüero y Osma. Fue el padre MacGregor el resuelto ejecutor de un plan de expansión, no sólo material -con los nuevos edificios de Pando- sino también con la apertura de la Universidad a nuevas carreras, especialidades y servicios. De esa labor, tenaz y constante, ha dicho el ingeniero Luis Guzmán Barrón Sobrevilla, ex Rector de la PUCP: “Cuando el padre MacGregor dejó el Rectorado, en 1977, la Universidad había desarrollado cualitativa y cuantitativamente y estaba preparada para dar el gran salto que la llevó de ser una comunidad de prácticamente cuatro mil alumnos, a su actual dimen-sión de más de diecisiete mil. Esto hace ver que, como Rector, el padre Mac Gregor no sólo fue un visionario de la Universidad de hoy, sino también director de una eficiente administración”.

Justamente su preocupación por una sólida formación ética y profesional de la juventud en el campo de la Economía y la Administración lo llevó -hallando eficientes colaboradores del país y del extranjero- a la creación de la Universidad del Pacífico (1962).

El nombre del padre MacGregor como varón de pensamiento y acción lo hizo muy conocido y apreciado en los ámbitos internacionales. Colaboró con la UNESCO en París en el Seminario de Planificación de la Educación Superior en América Latina (1963). Le eligieron Vicepresidente y luego Presidente de la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL). También fue Vicepresidente del Consejo de la Universidad de las Naciones Unidas por tres períodos; fundador de la Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz.

Comprendiendo la importancia de una buena formación -la cual busca siempre la excelencia académica-, el rectorado del padre MacGregor impulsó y estimuló la capacitación en el extranjero de los jóvenes talentos. Envió a más de doscientos profesores para cumplir estudios de maestría y doctorado en centros de prestigio. Inició el nombramiento de profesores a tiempo completo, como es lo propio de una buena universidad. Sobre la tarea específicamente universitaria tenemos el testimonio preciso de un colaborador suyo, Alberto Varillas Montenegro, que fue por nueve años Secretario General de la Universidad Católica: “MacGregor fue un hombre incansable. Cada vez que regresaba de uno de sus frecuentes viajes al extranjero, traía consigo un buen número de proyectos a medio avanzar que era necesario completar casi de inmediato para asegurar su financiamiento. Sin embargo, nunca presionó al personal y logró que quienes trabajaban junto a él lo hicieran compartiendo la misma mística y vocación por el trabajo serio que solía inculcar”.

Como profesor y como rector buscaba siempre la correcta y pronta realización de los trabajos de alumnos y subordinados. Era enemigo del facilismo, de la superficialidad y de la demagogia. En el ámbito académico perfiló el sistema de pensiones escalonadas y de becas para estudiantes de escasos recursos económicos. Su vocación de maestro y de humanista lo condujo a crear y mantener los semestres obligatorios de Estudios Generales (tanto en Letras como en Ciencias), a pesar de que la ley universitaria los dejó de lado. Estaba persuadido de que el Perú necesitaba avanzar no sólo en el plano de la instrucción, sino más aún en el de la educación; la cual, según el Concilio Vaticano II, debe promover el sentido de los valores y el cultivo de los principios cívicos, morales y religiosos. Acerca de su exigencia como profesor se cuentan muchas anécdotas del padre MacGregor cuando enseñaba los cursos de Lógica y de Ética. Los alumnos suspendidos en los exámenes de aplazados de la Facultad de Letras no podían continuar en la Católica. Como eran varios los que se hallaban en tal condición, reanudaban sus estudios en San Marcos e integraron la autollamada “Promoción MacGregor”.

En los últimos años de su Rectorado, y más aún como Rector emérito, el padre MacGregor insistió en fomentar los estudios en tomo a la justicia y la paz. En los aciagos tiempos del terrorismo, afirmaba que la paz no consiste únicamente en el cese de la violencia homicida, sino que había que lanzar una cultura de paz. Sólo así se conseguiría un país con armonía social, com-batiendo la inequidad, las desigualdades irritantes y la corriente funesta de la “criollada”, basada en la viveza y la búsqueda afanosa del provecho fácil y egoísta.

Como ya hemos dicho, el padre MacGregor fue el fundador y animador de la APEP, Asociación Peruana de Estudios e Investigación par la Paz, de la cual también fue presidente hasta su fallecimiento. Organizaba tenazmente cursos, seminarios, publicaciones, con la finalidad de crear conciencia en pro de un mundo más justo y pacífico. En 1996 le fue otorgada la Medalla de los Derechos Humanos de la UNESCO, “por su contribución permanente al desarrollo de una Cultura de Paz”. Abogaba por una sociedad liberada de esas violencias diarias y humillantes que degradan la capacidad de realización personal; no sólo la violencia delictiva sino aquella más sutil por ser estructural y anónima. Es decir, más allá de la “paz negativa”, anhelaba una “paz positiva”.

Una personalidad de la vida peruana que conoció muy bien al padre MacGregor fue el general Francisco Morales-Bermúdez, expresidente de la República (1975-1980). Recuerda la persistencia y energía con que el padre Felipe desempeñaba su tarea de propulsor de la paz. ” … Creía y esperaba en el Perú. Imaginaba un país en que hubiese comunión de identidades, afán de servicio y no de explotación, participación en las decisiones colectivas”.

Como religioso, el padre MacGregor fue ejemplar en el cumplimiento de la parábola evangélica de los talentos. A su fe en la Providencia, añadía el perseverante esfuerzo personal para hacer más productivas y multiplicadas las cualidades personales y profesionales. Antes de ejercer el rectorado de la Universidad Católica, ya había sido rector del colegio de la Inmaculada y Provincial de la Compañía de Jesús en el Perú (1958-63). Es interesante mencionar que el padre MacGregor, fue el primer jesuita peruano, después de 191 años, que llegaba a ese cargo; ya que cuando Carlos III decretó la expulsión de la Compañía (1767), el provincial de entonces era el limeño padre José Pérez de Vargas, muerto en el destierro de Massacarrara en 1786.

El 20 de setiembre de 2004 el padre Felipe había cumplido 90 años de edad. Su organismo se hallaba bastante debilitado y los médicos recomendaron que se le condujese a la Enfermería de la residencia jesuita de Fátima en Miraflores. Allí falleció el 3 de octubre. Tanto el velatorio como el funeral congregaron a centenares de personas que testimoniaban la gratitud y el afecto hacia el sabio sacerdote, el consejero prudente y discreto, el Amauta de las Palmas Magisteriales, el portador de la paz en foros internacionales, el servidor leal de la Iglesia.

El exdirector General de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, expresó su condolencia: “Lo he admirado por su magisterio, su visión, su fe, su desprendimiento. Ha pasado del misterio de la vida al de la muerte; pero su esclarecida estela permanece”. Y, en nombre de los jesuitas, el P. Carlos Cardó manifestó: “Sigo teniendo en mis pupilas la imagen de Felipe que, por haber construido la paz entre nosotros, recibe la bendición eterna del buen Padre Dios y es llamado por Él: hijo mío”.

P. Armando Nieto Vélez, SJ

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