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Hno. Pedro Senosiain, SJ

El Hermano Pedro Senosiain SJ partió a la Casa del Padre el 15 de agosto del año 2009, cuando tenía 86 años y acababa de cumplir 60 años en la Compañía de Jesús.

De la nota escrita por el P. Miguel Cuevas, Rector del Seminario de Jaén, donde el Hno Pedro pasó 30 años de su vida:

Pedro fue un cristiano y un jesuita a carta cabal. Porque la primera cosa que uno descubría en él era su profunda vida espiritual y de oración. Muy tempranito en la mañana, antes de la salida del sol, ya estaba prendida la luz de su cuarto y Pedro iniciaba fielmente sus prácticas de piedad: ofrecimiento de obras, oración y meditación, la infaltable Misa de 7 am en la Catedral, y por la tarde, terminada ya la jornada de trabajo, su rosario, su lectura espiritual, su visita al Santísimo y su examen de conciencia. Y todo ello de la manera más natural del mundo, sin llamar la atención, sin quejas ni lamentos ni comparaciones.

Pero nuestro querido Pedro no era solamente un hombre devoto y piadoso, sino también un hombre profundamente trabajador, servicial y apostólico, un contemplativo en la acción que sabía encontrar y servir a Dios en todos los momentos y acontecimientos de su vida y su trabajo de cada día, ofreciéndoselos al Señor por la extensión de su Reino y la salvación de las almas.

Pedro era verdaderamente un hermano ad omnia, como suele decirse en la Compañía, pero en el sentido más pleno de la expresión, porque efectivamente estaba dotado de una gran creatividad e inventiva; sabía de todo o casi todo: mecánica, electricidad, carpintería, construcción, cocina, contabilidad y un larguísimo etcétera; y, si algo no sabía, estaba siempre dispuesto a seguir investigando y aprendiendo. ¡Un verdadero privilegio de compañero!

Pedro era asimismo un hermano ad omnes, un hombre para los demás, siempre atento a las necesidades de la gente, con un gran sentido de justicia social, siempre dispuesto a ayudar y servir a todos en cuanto estuviera a su alcance, trabajador incansable y cumplidor fiel de todas sus tareas. ¡Un verdadero modelo de trabajado, de servicio y de entrega! ¡Un hombre realmente olvidado de sí y preocupado tan solo por los demás!

Y todo esto vivido desde un profundo y ejemplar espíritu de pobreza evangélica, acompañada siempre de una gran alegría y un buen sentido del humor, no exento a veces de una cierta picardía navarra, que ha sido quizá otro de los rasgos más saltantes de su personalidad. ¡Un hombre pobre y alegre!

En su cuarto casi no tenía más que el crucifijo de sus votos, la Biblia, tres estampas de Sagrado Corazón, la Virgen y San José, algunos libros de lectura espiritual, algunas medicinas y unas poquitas prendas de vestir.

Pero desde esa pobreza, humildad y espíritu de servicio, junto con su típica alegría y buen humor, Pedro sabía hacer llegar a todos un mensaje de Dios y por eso todos lo recuerdan ahora con cariño como un hombre de Dios: las vendedoras de la plaza, el panadero, el carnicero, el pescadero, el vendedor de periódicos, los empleados del banco y del correo, los fieles de la Misa de 7, los sacerdotes, las religiosas, los seminaristas, los trabajadores del Seminario (que nos daban hoy el pésame llorando y diciéndonos que el Hno. Pedro había sido para ellos como un padre) y hasta los comerciantes de Jaén a los que llevaba almanaques de la Virgen o de los Santos y les convencía para que los pusieran en lugar de aquellos otros que ellos estaban exhibiendo y que no eran precisamente de “santas vírgenes”.

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